La guerra civil de 1829-1830

La interpretación de la confusa etapa transitoria del régimen pipiolo al portaliano exige el análisis de la psicología política de los tres grupos y sus afines estructurados a principios de 1829: los constitucionalistas, los opositores y los pelucones y neutros.

Los primeros agrupaban a los bandos de gobierno: pelucones de Ruiz Tagle, liberales aristócratas, liberales populacheros, la pandilla y los pipiolos.

La oposición unía circunstancialmente a o’higginistas, a la sazón tan incrementados que solos formaban el bando político más poderoso del momento; los estanqueros, que reunían a los hombres de más valer real de la época: Gandarillas, Benavente, Portales, los Errázuriz y Rengifo, y los federalistas.



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    El acuerdo entre los opositores era aún más difícil que entre los constitucionalistas. Por último, los pelucones y los neutros formaban en potencia una masa tan voluminosa, que bastaba movilizarlos para que aplastaran a gobiernistas y opositores juntos. Pero en 1829 seguían sin caudillo, sin programa y sin organización electoral. Bajo la máscara de un avance democrático, a Constitución de 1828 había introducido una reforma en el sistema de elecciones que iba a pesar durante sesenta y dos años en la vida política del pueblo chileno. Hasta entonces, el poder electoral era disfrutado por un número de individuos con cierta independencia de los partidos. En su gran mayoría eran ajenos a la lucha política, mas en vez de seguir al gobierno, entidad abstracta y lejana para ellos, votaban por el personaje de sus simpatías o influencias, el cura párroco, el gobernador local, etc. sin interesarse por su ideología. Para afianzarse en el mando los grupos que detentaban el poder urdieron un sistema tan sencillo como eficaz para controlar las elecciones desde el gobierno: "Son ciudadanos activos —decía el articulo 7.º de la Constitución— los chilenos naturales que habiendo cumplido veintiún años, o antes si fuesen casados o sirviesen en la milicia, profesen alguna ciencia, arte o industria, o ejerzan algún empleo o posean un capital en giro o propiedad raíz en qué vivir." A pesar de que la redacción de Mora no quedó perfectamente clara, prevaleció el espíritu sobre la letra y se interpretó en el sentido de que todo individuo inscrito en las milicias era ciudadano. Como estas inscripciones las hacían las autoridades dependientes del ejecutivo, este poder quedó ungido en supremo elector. Para aplastar al contrario opositor bastaba inscribir en los registros de la guardia cívica un número de individuos superior al de las demás categorías de electores, para lo cual se hacía que todas las calificaciones o boletas de los cívicos quedaran en manos del jefe de cuerpo o de un oficial de confianza. Este sistema sirvió de base electoral al régimen portaliano, especialmente en su fase liberal. El finísimo Zapiola nos ha dejado también una soberbia descripción de los preparativos para las elecciones de 1829: "Se nombraron —dice—, entre otras, tres comisiones que debían funcionar incesantemente alrededor de las mesas receptoras; estas comisiones tenían los títulos siguientes: Comisión negociadora, Comisión apretadora y Comisión arrebatadora. Pocas palabras explicarán el respectivo objeto de estas comisiones. La negociadora se empleaba en la compra de calificaciones y del voto, si se podía, de los que se dirigían a votar; la apretadora, muy numerosa, en impedir acercarse a la mesa a los enemigos. Cuando estos medios eran insuficientes, la arrebatadora ponía en ejercicio su titulo en el momento en que el votante sacaba su calificación. El que arrebataba una calificación debía, para evitar reclamaciones y alboroto, abandonar inmediatamente la mesa en que lo había hecho, y dirigirse a otra de la parroquia más inmediata, de donde venía al momento su reemplazante..." De nuevo los fraudes compitieron en ingenio y habilidad. En Melipilla el gobernador hizo practicar las elecciones de Cabildo y asamblea entre gallos y medianoche, tres días antes del fijado por la ley. En muchos lugares, brutales atropellos manu militari costaron no pocas vidas. En Los Andes hubo ocho muertos. La gracia y la picardía desviaron la indignación pública en Santiago. En la mesa de la Catedral se hizo votar primero a todos los gobiernistas sin exigírseles poder. Una vez agotados los boletos propios, se exigió el poder, quedando casi toda la oposición sin votar. No obstante, era tan crecido el número de contrarios que aunque sólo sufragaban los que traían calificación legítima, ganaban en la mesa por más de cien votos. Pronto se discurrió el remedio. Las cajas con los votos se depositaban en piezas especiales bien alumbradas y vigiladas durante la noche siguiente al acto. "La de la parroquia de la Catedral— dice Zapiola— se depositó esta vez, como siempre, en una pieza del poniente del pórtico de la cárcel, sobre una mesa separada de la calle por el grueso de la muralla, con la ventana abierta y las luces consabidas. Recién colocada allí la caja, don Cayetano O’Ryan, entusiasta pipiolo, se introdujo en ese cuarto, sin ser visto por los cuidadores, por una puerta lateral que se abrió para él solo; en seguida, y gateando para no ser visto de aquéllos, se colocó tras la mesa, cubierta en gran parte por la caja. Permaneció allí más de una hora sentado o de rodillas alternativamente. En ese tiempo se ocupó en introducir por una rendija casual o a propósito, valiéndose de un cuchillo, trescientos votos pipiolos". Y los opositores, que creían triunfar por doscientos votos, resultaron derrotados por cien. Las elecciones de elector se llevaron a cabo en toda la república los días 15 y 16 de mayo. El mayor desconcierto de los partidos de gobierno, vencedores en las de los días 3 y 4. Su resultado fue el siguiente: Un nuevo motín encabezado por Urriola, triste epílogo de las elecciones, que fue vengado con el fusilamiento de un sargento y tres soldados, mientras los cabecillas quedaban impunes, contribuyó a afirmar en la conciencia pública el concepto de que el gobierno tenía de su propia debilidad. En las subsecuentes elecciones de diputados y senadores el gobierno obtuvo, por procedimientos similares a los empleados en la anterior, los dos tercios de los diputados. No obstante las reyertas e insultos que encabezaban “El Hambriento” y “El Canalla”, los estanqueros se habían mantenido fieles a Pinto. Los abusos electorales los decidieron a apoyar a Ruiz Tagle. Y los colocó a la cabeza de los bandos opositores un nuevo periódico, "El Sufragante", dirigido con habilidad por Gandarillas. Basta señalar, como reflejo de su éxito de público, que llegó a tirar 1.500 ejemplares, cifra fantástica para la época. Desde esa etapa, los estanqueros capitanearon el movimiento de opinión que iba a conducir a la guerra civil de 1829, aunque el acuerdo entre Rodríguez Aldea y Portales sólo se produjo en septiembre de ese año. La reelección de Pinto, a pesar de las sanciones que entrañaba, hacía incompatible su vuelta con la dignidad del cargo y con su conciencia cívica. Se vio obligado, por tanto, a solicitar un permiso, reemplazándolo don Francisco Ramón Vicuña. Francisco Antonio Pinto
    De acuerdo con la votación, el Congreso proclamaba sin observaciones presidente a don Francisco A. Pinto, que había obtenido mayoría absoluta. Forzando la interpretación de la ley don José María Novoa obligó al Congreso a elegir vicepresidente a don Joaquín Vicuña, que figuraba en cuarto lugar en la votación. Al día siguiente de la proclamación se producía el acuerdo revolucionario entre estanqueros y o’higginistas. "El Sufragante" proclamó sin eufemismos la revolución y las provincias de Concepción y Maule, así como el ejército del sur, desconocieron la legalidad de las proclamaciones del presidente y vicepresidente realizadas por el Congreso. Ante tal estado de cosas, Pinto reiteró su renuncia de la alta investidura. El Congreso se negó rotundamente a aceptarla, y envió repetidas comunicaciones conminándolo a hacerse cargo de la presidencia, la última de las cuales insistía en que se ‘dijese al general don Francisco Antonio Pinto que no ha lugar a su solicitud del 28 de septiembre último y que se apersone al Congreso mañana domingo, 18 del corriente, a las 12 del día, a recibirse del cargo de presidente de la República’. El senador por Chiloé pidió que constara en el acta "que su voto era porque se declarara traidor a la patria al presidente electo si se resistía por tercera vez a recibirse del mando". Animado por un sano espíritu público, más que por las coacciones de que era objeto, al fin Pinto resolvió asumir el mando para patrocinar un acuerdo entre los estanqueros y los liberales moderados que evitara la revolución. Mas sus propósitos fueron inútiles: la pandilla, los pipiolos y los exaltados lo frustraron y el presidente abandonó definitivamente el poder. Don Francisco Ramón Vicuña, anciano bondadoso, lleno de virtudes domésticas, iba a pasar por el mando del país como una figura decorativa, gobernada por Novoa, Ramos y Muñoz Bezanilla a su albedrío. El nuevo gobierno exteriorizó pronto una agresividad propia de los tres bandos que lo apoyaban, inconcebible bajo la presidencia personal de Pinto. Decidido el planteamiento de las fuerzas que se iban a debatir fatalmente en la guerra civil, Prieto comisionó al coronel Manuel Bulnes para que sublevare las provincias del sur hasta Colchagua y recogiese las armas y recursos que en ellas hubiera. El 9 de noviembre de 1829 Bulnes entraba a Rancagua. Todo el territorio del Bío-Bío al Maule quedaba en poder de Prieto sin disparar un tiro. Al reunirse ambos jefes en dicha ciudad, sus fuerzas, con todo, no pasaban de 1.000 hombres mal armados, desnudos, impagos, casi sin municiones, que se agrupaban con el pomposo nombre de "Ejército Libertador". Joaquin Prieto Vial
    Mientras tanto, la absoluta pasividad del ejército gobiernista movió a Novoa y dem6s mentores de Vicuña a solicitar el concurso de Freire, a la sazón muy distanciado de ellos. Pero su esposa, la bella y enérgica doña Manuela Caldera, era de un pipiolismo exaltado, legendario por largos años en las tradiciones de la sociedad santiaguina. Su influencia, no obstante, estaba neutralizada, precisamente, por el arma favorita de los pipiolos: la injuria y el escándalo, de que había sido blanco predilecto el propio Freire. Rodríguez Aldea, Gandarillas y Portales esgrimieron con fortuna los anteriores agravios. El primero de éstos nos ha dejado un relato sabroso de la polémica: “Freire no admitió la nueva oferta ni los otros quisieron ceder; continuó, pues, el movimiento con más fuerza, porque ya Freire se manifestó claramente en contra de Vicuña. Peleó en su casa, hubo vasos y botellas quebradas en la mesa en ese día, la mujer quedó llorando y maldiciendo en contra de Benavente y de Gandarillas y de mí". La situación comprometida de Prieto y la apatía de los pelucones movieron a Portales a preparar un levantamiento en Santiago, con el ímpetu y la audacia contagiosa que ponía en todos sus actos. Vicuña había creído encontrar una solución al problema llamando a nuevas elecciones de presidente y vicepresidente. Suponiendo que el gobierno provisional las presidiría, el pueblo se dio cita en el Consulado el día que se fijó el decreto de convocatoria. La asamblea tenía un carácter muy similar a la que depuso e O’Higgins. Todos estaban de acuerdo en la necesidad dc cambiar el gobierno. El acta, luego de varios acuerdos violentos, negaba "la autoridad al que actualmente tiene el mando de la República y a las cámaras que se han puesto en receso". La llegada del presidente Vicuña, ornado con la banda presidencial, mitigó por pocos momentos la granizada de mutuos insultos. El conflicto se tornaba cada vez más grave. Vicuña negó autoridad a la asamblea y se retiró. Los reunidos se dirigieron al palacio de gobierno y desarmaron a la guardia. El presidente, anciano tímido e inerme, imposibilitado de huir, protestaba en todos los tonos que no había dado orden a la guardia de disparar contra el pueblo. Los corifeos del mandatario huyeron. Sólo su hijo, don Pedro Félix Vicuña, permaneció a su lado y, antes de que le arrancaran la banda presidencial, se la quitó, con intención de esconderla en un sombrero. El afligido presidente tuvo, al fin, una idea salvadora. Cuando pudo hacerse oír, solicitó la presencia de Freire, y la multitud, suponiendo que iba a deponer en él su mando, lo trajo en medio de vivas delirantes, lo obligó a sentarse en el sillón presidencial y le terciaron la banda hallada en el sombrero en que la ocultara don Pedro Félix Vicuña. Momentos antes, el presidente Vicuña había huido. Días después delegaría el mando en el intendente de Santiago, para refugiarse en Valparaíso. A los cuatro días de la revuelta había en Santiago dos poderes.
    Ramon Freire Serrano De un lado, una Junta, formada por Freire, Alcalde y Ruiz Tagle, y de otro, el presidente Vicuña, sus tres ministros y las antiguas autoridades. El enigma de las fuerzas acantonadas en Tango pronto se resolvió con el pronunciamiento de su jefe, Benjamín Viel, por el gobierno, negando obediencia a la Junta, mientras la vanguardia del ejército revolucionario, mandada por el coronel Bulnes, llegaba a 35 Km. al sur poniente de Santiago, donde se le unieron Rodríguez Aldea, Portales y Rengifo, portadores de dinero para pagar a la tropa y hacer frente a los gastos de la campaña. Casi al mismo tiempo fueron coronadas por el éxito varias iniciativas que acorralaron al ejército gobiernista en Santiago. La prolongación de la lucha iba a ser consecuencia de la actitud de llegar hasta el final, tomada por el coronel Tupper, don José M. Novoa, el joven liberal don Melchor J. Ramos y el francés Pedro Chapuis. Todas las tentativas de arreglo fueron inútiles, aunque hubiera acuerdo entre los dos ejércitos, producido en varias ocasiones. Mediante un golpe de mano sangriento, los revolucionarios se apoderaron de Valparaíso y el presidente Vicuña se vio obligado a huir a Coquimbo. Los dos ejércitos rivales: el constitucionalista, al mando de De La Lastra, y el "Libertador" o del sur, al de Prieto, se encontraban frente a frente en Ochagavía, dispuestos a dirimir por las armas el conflicto político. El segundo superaba en la caballería al primero, mas era incapaz de batirse con él en campo abierto por su absoluta inferioridad numérica. Ante el ataque de los gobiernistas, dirigido por Viel en persona, Prieto se vio forzado a replegarse. Pero a la altura de San Bernardo hizo cara a sus perseguidores, derrotándolos. Cuando ambos cuadros se reorganizaban, una bandera de tregua interrumpió el combate. Las pérdidas, en ese momento, del ejército constitucionalista eran menores que las del adversario; pero tanto De La Lastra como Viel estaban convencidos, si no de su próxima derrota, al menos de la imposibilidad de batir a Prieto. De La Lastra y Prieto convinieron en Ochagavía un acuerdo que no conocemos sino a través de versiones posteriores, adulteradas por el encono partidario. Luego de largos y azarosos altercados, de que fueron principales protagonistas Tupper, Viel y Godoy, a las 6:30 del 16 de diciembre los dos jefes firmaban un tratado de diez artículos, según el cual ambos ejércitos se ponían a las órdenes de Freire, que recibía facultades omnímodas; ningún jefe ni oficial podía ser reconvenido por sus opiniones políticas anteriores; el general Freire se hacía cargo también del poder político, procediéndose a la elección de una junta provisional, Junta que convocaía a un congreso de plenipotenciarios, al que se daban también instrucciones. Francisco de la Lastra
    Desde antes de firmarse el pacto, los bandos se orientaron en el sentido de proseguir la guerra civil a todo trance. A la vez que en Ochagavía tenían lugar las negociaciones señaladas, la provincia de Coquimbo caía en poder de los revolucionarios, que capturaron al presidente Vicuña, y Concepción era dominada por el coronel Cruz restableciéndose el régimen pipiolo. Al finalizar la primera etapa de la guerra civil de 1829-1830 estalló de inmediato la segunda, encauzada en la lucha entre los estanqueros y o’higginistas y los liberales moderados. El precio del pacto de Ochagavía había sido la eliminación del grupo pipiolo, que, por lo demás, no tenía fuerza desposeído del gobierno y del ejército. En cambio, los estanqueros, rehabilitados ya en la tornadiza opinión de la época, representaban un poder efectivo y contaban con las mejores cabezas políticas del momento. Estanqueros y liberales unidos podían formar un partido más poderoso que el antiguo liberal aristócrata, que gobernó desde 1824 hasta 1828. La tercera fuerza la constituían los o’higginistas, con Rodríguez Aldea al frente. En observancia de la parte electoral del compromiso, se eligió una Junta compuesta por don José Tomás Ovalle, don Isidoro Errázuriz y don Pedro Trujillo, que reflejaban a la mayoría de la capital, mayoría que no poseía voluntad activa y que, además, estaba cohibida por dos ejércitos enemigos, ninguno de los cuales le era adicto. Dos acontecimientos señalaron el rumbo al nuevo gobierno: el mando civil, que ganó una extraña eficacia, una clarividencia realista hasta entonces desconocida en Chile, y la dispersión del ejército de Lastra, mientras el de Prieto seguía intacto acantonado en Ochagavía. Pronto se produjo la ruptura entre Freire y los revolucionarios. El general se dirigió al norte al frente de tres batallones pipiolos, mientras la Junta aprovechaba en Santiago todos los recursos que era imaginable suponer, organizándolos con una eficacia asombrosa. A principios de febrero estaban reunidos en Santiago los plenipotenciarios de seis provincias. Las sesiones preparatorias del congreso se inauguraron el día 9, bajo la presidencia de don Isidoro Errázuriz, y el 17 se nombraba presidente y vicepresidente interinos a don Francisco Ruiz Tagle y a don José Tomás Ovalle, representantes de dos variantes muy acusadas de la aristocracia santiaguina. Portales calificaba a Ruiz Tagle, su primo hermano, de "espléndido pavo real". Honrado y respetuoso, encarnaba la variante fastuosa y decorativa del "hombre equilibrado", que la aristocracia chilena persiguió con admirable constancia. Ovalle, que iba a llevar la parte más ardua de la revuelta, era doctor en cánones y leyes, sencillo y bondadoso, sin deseos de figuración; es decir, la variante opuesta. Los cuarenta y dos días del gobierno de Ruiz Tagle transcurrieron en una lucha sorda contra los mismos hombres y bandos que lo eligieron. No halló tropiezos en la preparación de la campaña contra Freire, porque Prieto procedía sin tomarlo en cuenta, secundado apenas por el Ministro del interior, presbítero Meneses, que desempeñó también el Ministerio de la Guerra hasta que el general Benavente se hizo cargo de él. Varios militares destacados, entre otros los generales Lastra, Borgoño y Las Heras, se negaron a reconocer autoridad al congreso de plenipotenciarios. Ruiz Tagle dio curso a un decreto que separaba del ejército a los recalcitrantes, mientras hacia nuevos esfuerzos, por llegar a un entendimiento con Freire. El efímero prestigio alcanzado por la Junta se había desvanecido con las nuevas maquinaciones políticas. Se pidió a Ruíz Tagle que renunciara en forma decorosa. El presidente interino se resistió cuanto pudo, hasta que Portales logró convencerlo y delegó el mando en Ovalle. Se le creaba al nuevo mandatario un problema gravísimo, pues nadie quería asumir las responsabilidades ministeriales y Portales prefería mantenerse al margen como orientador. Egaña y Benavente se habían excusado, cuando Portales, a punto de partir a Copiapó para asuntos personales, hubo de aceptar, luego de haber exclamado en un arranque súbito: "Si nadie quiere ser ministro, yo estoy dispuesto a aceptar hasta el nombramiento de ministro salteador". La decisión causó asombro, pues se le había rogado sin éxito que aceptara la vicepresidencia provisional en lugar de Ovalle. El 6 de abril de 1830, el presidente firmaba un decreto que iba a decidir la suerte de Chile. El primer efecto de la presencia de Portales en el gobierno fue el súbito cambio del temor y la incertidumbre colectivos por el renacimiento de la confianza. Prieto se decidió, por fin, a seguir al pie de la letra sus sugerencias políticas, actitud que iba a tener extraordinarias repercusiones históricas. Mientras Viel se apoderaba de Concepción y ponía sitio a Chillán, luego de juntar más de mil hombres y abundantes pertrechos, la expedición de Freire al norte se resolvía en un estrepitoso fracaso, al intentar reunirse con las fuerzas de Viel por mar. Por fin lograron unir sus fuerzas Viel, Rondizzoni, Tupper y Freire, que completaron unos 1.750 soldados y 4 cañones. El intacto ejército de Prieto contaba, por su parte, con 2.200 hombres y 12 cañones, además de la presencia en sus filas del general Cruz, que, desde su jefatura en el Estado Mayor, logró en 15 días organizar las tropas. La superior calidad de la infantería de Freire equilibraba las fuerzas. La dirección táctica y estratégica tenía, por tanto, la última palabra. En la noche del 14 al 15 de abril, el ejército revolucionario pasó el Maule y ocupó Talca antes del mediodía. El día 16, Prieto y Bulnes se situaron a una legua al nororiente del pueblo. En la noche urdieron un simulacro de amago a la plaza y se trasladaron con sigilo a Lircay en previsión de una sorpresa. Advertida la maniobra por Freire y Rondizzoni, tomaron posiciones a su vez a casi medio kilómetro del río, ajustando la línea de batalla a las sinuosidades del terreno. Prieto inició un movimiento envolvente, para tomar al enemigo por su flanco. Dejó la caballería y algunos cañones en las anteriores posiciones, para impedir a Freire el repliegue hacia Talca, y, aparentando proteger su retirada al sur, flanqueó con el resto de sus tropas las posiciones de Freire por el llano que se extiende entre el extremo norte de Cancha Rayada y el cerro de Baeza. Tanto Freire como sus oficiales, juzgaron el movimiento como una retirada. Al percatarse de que Prieto seguía avanzando hacia el sur, Freire ordenó a Viel que situara su caballería en la llanura contigua a sus posiciones, para observar al enemigo. En seguida, temiendo que se tratara de una estratagema, ordenó a Rondizzoni que se uniera a Viel. De este modo, el ejército revolucionario quedó interpuesto entre el de Prieto y el Lircay, si volvía al norte, y en situación de replegarse a Cancha Rayada si el enemigo respondía a la provocación que determinaba este corto avance. Juzgaban ya esquivada la batalla cuando llamó a Freire y a sus oficiales la atención el hecho de que los artilleros enemigos enganchaban sus piezas y a la máxima velocidad posible se dirigían al surponiente. Todos creyeron que Prieto se encaminaba a Concepción, pero, antes de veinte minutos, observaron con sorpresa que sus hombres ocupaban al trote los extramuros al norte de Talca y que el jefe gobiernista tendía su línea de batalla, amparado en escasos accidentes y en algunos edificios de pobre consistencia. Freire aceptó el combate en condiciones, al parecer, ventajosas para él. Pronto pudo darse cuenta, sin embargo, de la superioridad del comando táctico de Prieto. Batida de frente por la artillería y envueltos ambos flancos por la infantería, la línea de Freire empezó a vacilar. Ante la imposibilidad de restablecerla, dio orden de replegarse al Lircay, exactamente a las mismas posiciones que Prieto había abandonado en la mañana. Allí comprobó Rondizzoni que eran mucho peores que las anteriores, a lo que le afirmó Freire: "Pues, coronel, aquí debemos echar el resto". Como último recurso, Rondizzoni cargó con toda la caballería sobre la infantería de Prieto, antes de que pudiera protegerla la artillería. Bulnes simuló la retirada hasta arrastrarlo lejos de la infantería y, volviendo cara súbitamente y reforzado por un escuadrón de refresco, la destrozó en menos de diez minutos. Viel huyó al norte. Rondizzoni se retiró del campo de batalla herido, azar feliz que le valió salvar la vida. Freire, abrumado por el descalabro, siguió las huellas de Viel, con Novoa y otros civiles. Pero Bulnes, con rapidez asombrosa, cortó la línea de retirada de la infantería enemiga, mientras Cruz y Prieto la cercaban por el frente y los flancos. Se peleaba con furor demoniaco. Los soldados, de ambos ejércitos se odiaban más que los realistas y patriotas. En el ejército gobiernista surgió la consigna de "no dejar gringo vivo", vindicta popular que hoy nos aparece repugnante, pero que en aquellas circunstancias era la consecuencia inevitable de la intromisión de Viel, Tupper y Rondizzoni al encabezar dos guerras civiles. Elizalde, jefe sustituto de Freire, murió atravesado por una bala. El número de cadáveres y de heridos era enorme. Sólo unos doscientos hombres lograron huir, pero fueron capturados antes de la noche. El coronel Tupper había peleado a pie, y al buscar su caballo para retirarse, no lo halló. Fue materialmente despedazado a sablazos, lo mismo que el oficial de marina Roberto Bell. Prieto se había propuesto concluir con la guerra civil por medio del aniquilamiento del ejército de Freire. Logró su objetivo, más que por la superioridad numérica, por la consecución de un comando táctico impecable, que no tiene precedente ni émulo posterior en la historia militar de Chile. Por orden de Portales, se hizo el silencio en torno a esta batalla fratricida, para que el régimen de 1830 surgiera "de la libre voluntad de los pueblos". La pacificación de las provincias de Coquimbo, Concepción y Chiloé era ineludible. Fue más difícil la primera, por la unión del revolucionario Uriarte y Viel, que con sus 600 hombres no pudieron oponer resistencia, sin embargo, al general gobiernista José Santiago Aldunate.

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