Batalla de Curalaba

La Batalla de Curalaba (del mapudungun curalaba: «piedra partida»), conocida también como Desastre o Victoria de Curalaba, según las fuentes sean cercanas a españoles o mapuches, fue una importante derrota militar de las fuerzas españolas frente a los mapuches ocurrida en 1598. Es considerada una de las principales acciones bélicas de la Guerra de Arauco. Consistió en la casi total aniquilación de una columna comandada por el gobernador de Chile Martín Óñez de Loyola a manos de las huestes dirigidas por el toqui Pelantaro. Esta derrota y la muerte del gobernador desencadenó el abandono masivo de varias ciudades y fuertes españoles del sur de Chile (la Destrucción de las siete ciudades). En el contexto general de la guerra, esta batalla abrió la Rebelión mapuche de 1598, terminó con la estrategia española de conquistar totalmente el territorio mapuche, abriendo paso a los períodos de Guerra defensiva y, posteriormente, a la implementación de una política diplomática basada en los llamados parlamentos mapuches. La importancia de la batalla reside más en su efecto desmoralizador sobre los españoles, que en su magnitud material o el número de hombres involucrados.


Para explicar cómo pudo Pelantaro atacar y destruir Valdivia es preciso referirse primero al Desastre de Curalaba.

El Gobernador acampó descuidadamente en el valle de Curalaba en un sitio llamado Coipo, en una negra noche, en que sólo se escuchaban los sonidos propios del campo apacible y el movimiento de los caballos sueltos, sin sus pesadas sillas y carga. Las ramas y los grillos cantaban su romance en la espesura del bosque, como si esa noche fuese una tranquila velada arrullada por el viento.

Sólo el provincial fray Tovar, con la corazonada de que algo grave iba a ocurrir, solicitó, sin resultados, que por precaución se ensillaran los caballos y se reforzasen los centinelas, siendo objeto de burlonas observaciones de parte de los soldados; finalmente, se aceptó colocar sólo algunas rondas.

En el sector de los caballos se podía, sin embargo, escuchar en la oscuridad llamadas de voces apenas audibles y graznidos de aves del bosque que eran imitados por los burladores araucanos para hacerse las señales convenidas. Era el cerco mapuche que apretaba el nudo del lazo de la trampa mortal esperando el momento de lanzarse al ataque

Amaneció y la agotada guardia se retiró soñolienta de descansar sin esperar su relevo. Era el 23 de diciembre de 1598 con una mañana brumosa y fría. Repentinamente, el bosque cobró movimiento y lentamente se aproximaron, sin hacer ningún ruido, los guerreros de Arauco. Divididos en tres columnas, una al mando de Pelantaro, otra de Aganamón y la tercera, bajo las órdenes de Huinquimilla, avanzaron decididamente en un silencio sepulcral, roto esporádicamente por alguna rama quebrada bajo los ágiles pies de los guerreros.

En un momento dado, saltaron los “conas” sobre el campamento con la rapidez de un rayo, cayendo por todos lados sobre los confiados españoles, en medio de un griterío ensordecedor que desahogaba la tensión de los jóvenes atacantes. Las tiendas de campaña se vinieron abajo al paso de la infantería y los atrapados ocupantes recibían los potentes golpes de maza, cuchilladas y lanzazos en medio de infernales exclamaciones de voces ebrias de victoria, mientras los cuernos de guerra, con su miserere trágico, llamaban a la carga.

La mayoría de los españoles murió sin saber qué estaba ocurriendo, atrapados en las gruesas lonas de sus carpas.

Curalaba no fue un combate. Fue una carnicería. Melicura y Licancura se ensañaron con los aborrecidos auxiliares, en especial con los dos caciques amigos de los castellanos, Iguatutu y Naucopillán.

Murieron todos los soldados excepto, tal vez, Bernardo de Pereda, que fue dejado por muerto, oculto en el follaje del bosque impenetrable. El gobernador, espada en mano, cubierto por su escudo, sin armadura, vendió cara su vida junto a dos valientes y leales soldados que no lo abandonaron. ¡Hidalguía hispana abrazando la muerte!

El clérigo Bartolomé Pérez fue respetado seguramente porque no llevaba armas y era conocido por algunos captores que reconocieron su amor por los nativos; fue canjeado dos años más tarde.

Pereda habría logrado llegar a La Imperial después de dos meses del desastre, con 23 heridas en el cuerpo, irreconocible, flaco y desnudo.
La cabeza de los capitanes y del propio Gobernador fueron paseadas por las comunidades que, entusiasmadas, se alzaron para vengar su cautiverio.
El cráneo del Gobernador fue cercenado por los vencedores, siguiendo la tradicional costumbre y, tal como debe haber ocurrido con el cráneo de don Pedro de Valdivia, fue usado como tiesto para beber (“palilonco“) en las grandes fiestas y guardado como trofeo por Pelantaro y sus descendientes. Sólo en 1608 fue ubicado, identificado y devuelto, siendo objeto de solemnes honras fúnebres.

Por segunda vez un gobernador de Reino perdía la vida en el campo de batalla. Triste “récord” que demostraba la ferocidad de los mapuches, cosa extraordinaria en la conquista de América.

Pelantaro se hizo un botín de cientos de caballos, arcabuces, armas cortantes, objetos de oro y plata, ropa, etc. Luego, atacó a Angol mientras otros caciques caían sobre las demás cuidades. El levantamiento se hizo general. Para combatirlo había 40 hombres en Chillán, 80 en Concepción, 109 en Angol, 100 en Santa Cruz y... nada más. Una dispersión de fuerzas alarmante.

CONSECUENCIAS DEL DESASTRE

Los efectos de Curalaba fueron inmediatos, pues significó una derrota militar con enormes pérdidas de vidas y materiales para España, en especial de los mejores y más experimentados soldados y oficiales con que contaba el Reino.

Lo que para los españoles se tradujo en un duro golpe mortal que los expuso al fracaso total de la conquista fue, por el lado mapuche, la resultante de su paciente preparación para la guerra después de las derrotas que les habían inflingido. La política de cohesión de las tribus que hicieron de la lucha una cruzada nacional en que todos contribuyeron a la guerra, producía sus resultados. La capacidad militar mapuche había alcanzado su máximo desarrollo, justo cuando la castellana declinaba peligrosamente por falta de recursos y de un caudillo que fuese capaz de aglutinar sus esfuerzos deponiendo sus rencillas.

Las tribus indecisas se inclinaron al lado de los rebeldes, incluyendo a los “huilliches” que habían sido fieles a los hispanos. La rebelión se hizo general del Maule a Osorno.

El cuadro se descontrapesó, quedando los conquistadores en una peligrosa inferioridad, frente a los aborígenes que, al final, se daban cuenta que podían ganar la guerra.

Sin embargo, la sorpresa de la victoria también afectó los planes mapuches, puesto que el alzamiento general aun no estaba preparado y se fueron plegando lentamente al carro del vencedor muchas tribus no movilizadas.
El sector nativo occidental de Nahuelbuta sólo a mediados de enero sitió Arauco y el sector oriental sitió Angol a principios de febrero. Siguieron los alzamientos de Catira, Mereguano, Talcamávida, Millapoa y, pronto, de todas las tribus del sur del Biobío.

Estrategia de Pelantaro

Después de Curalaba la figura de Pelantaro adquirió enorme prestigio, al igual que Lautaro, posteriormente a Tucapel, 45 años atrás. Su figura empezó a hacerse legendaria y los entusiasmados caciques no discutieron su mando.

La segunda etapa, concebida en largas horas de discusión a la luz de la luna en los claros de los bosques, fue la de descartar la amenaza de las fortalezas que apoyaban la defensa de las ciudades cercanas a la línea del Biobio, para lo cual se atacaron los fuertes de Arauco y Santa Cruz, con un ataque de distracción a Angol para “clavar” las fuerzas de esta plaza, una de las más poderosas de la región, con lo que impidieron su salida en auxilio de los fuertes acosados, manteniendo la dispersión de las fuerzas hispanas.

Lograda la eliminación de Santa Cruz, la fuerza mapuche se desplazaría rápidamente al sur, amagando La Imperial, con una nueva acción sobre la poderosa Angol, para distraer, esta vez, la atención de Concepción y evitar el socorro a las ciudades del extremo sur. Con el mismo objeto, una fuerte agrupación debería correrse por el flanco hasta Chillán, para impedir que Concepción enviara auxilios a otros sectores, puesto que se haría imprescindible, previamente, deshacerse del enemigo en su retaguardia, mas allá de la línea del norte del Biobio

El motor de la ofensiva la constituiría la caballería “purenense”, centro de la efervescencia bélica, la que tenía gran facilidad de desplazamiento.

Habiendo logrado agotar la capacidad ofensiva de las fuerzas de Concepción y de La Imperial, dominando ya todo el territorio intermedio, se programó la destrucción masiva de las ciudades del extremo sur. Cayeron aún mas allá de Toltén, limite natural de Araucanía, sitiaron y destruyeron sistemáticamente Valdivia, Osorno y Villarrica, mediante la cooperación “huilliche”. De este modo, dejaron en cada una, focos aislados sin posibilidades de ser socorridos

Trataremos de desarrollar el plan del “Toqui”, pero antes diremos dos palabras sobre los hombres que lo asesoraron.

Los capitanes de Araucanía

Durante casi 10 años de campaña, la actitud de Pelantaro se vio secundada por un grupo de heroicos caciques, cuyos nombres merece recordar la Historia. Resaltan entre ellos la figura de: Anganamón, fiero y vengativo señor de Angol; Caminahuel; Epolicán, Catirancura; Huenchecal: Aypinante, Remuante, Huaquimilla: Talcacura; Nabalburi, un inteligente y decidido jefe de informaciones; Paillamacu; el ambicioso “huilliche” Chollol, Onangali, Navalande, Camiñancu, Curalebi, y muchos otros cuyos nombres se pierden en el tiempo y que formaron parte de una legión de héroes nativos, que regaron generosamente con su sangre los campos de batalla en defensa de su tierra. ¡Grandes capitanes de una Patria que pronto nacería!

Alzamiento general

Desde el Maule a Osorno el alzamiento se hizo general. Fue asaltado el fuerte de Longotoro el 16 de enero, donde murieron dos soldados y la mitad de los auxiliares; el resto de la guarnición tuvo que replegarse a Mulchén y Angol. Las fuerzas de Chillán, Angol, Arauco, Concepción y Santa Cruz, alcanzaban apenas a 430 hombres y nadie podía ya fiarse de los auxiliares. El ejército de Cañete se replegó cautelosamente a Arauco, con lo que abandonó un punto clave en el corazón de la Araucanía.

Osorno, Villarrica, La Imperial y Valdivia quedaban ahora aisladas, entregadas a su propia suerte. Era la consecuencia de la dispersión de fuerzas.

Santiago, prácticamente indefenso, no pudo reunir más de 130 hombres para enviarlos al frente.

La calidad del soldado español había decaído mucho, por lo que el éxito de la defensa era sumamente dudoso; además faltaba en el bando castellano el hombre capaz de evitar el desastre.

La desidia de los encomenderos por sacrificarse por los colonos del sur requería de una mano firme que, cortando un par de cabezas, pusiese las cosas en su lugar. ¿Y... dónde estaba ese hombre?

Faltaba un hombre de la talla de Pedro de Valdivia, un Villagra, un Pizarro o un Cortés... Pero tampoco estaba el hombre necesario en España, cuyo sol luminoso llegaba al ocaso en medio de una situación caótica.

En 1588, Felipe II decidió invadir Inglaterra, pero su invencible Armada compuesta por 60 navíos y 6.000 hombres, fue destruida por los elementos. Finalmente se retiró, preso de los padecimientos de la gota, al palacio del Escorial en la Sierra de Guadarrama, desde donde dirigió al mundo hasta que murió en 1598.


El Imperio se derrumbaba. Se perdieron los Países Bajos e Inglaterra dominaba los mares. El erario español en 1579 tenia un enorme déficit. El gobierno fue cayendo en manos de reyes que carecían de valor político, como Felipe III, Felipe IV y el enfermo Carlos II El Hechizado.

Como Diógenes con su lámpara, era inútil buscar al hombre que salvase el Imperio.
En estas condiciones, ¿cómo iban a solucionarse los problemas del lejano Reino de Chile? Naturalmente era más sensato buscar soluciones transitorias recurriendo a capitanes dispuestos a ganar fama con los escasos medios ya entregados.


Desastre de Curalaba.- Sus consecuencias

Historia de Osorno

(www.cervantesvirtual.com, Víctor Sánchez Olivera)

Cincuenta y siete años habían pasado desde que don Pedro de Valdivia inició su grandiosa conquista de Chile, cuando un día desgraciado, el 23 de diciembre de 1598, otro Gobernador, don Martín García Oñez de Loyola, pereció a mano de los indios en Curalaba, lugar cercano a Purén.

Este hecho fue la chispa que encendió uno de los alzamientos más terribles que recuerda la Historia Chilena. Todas las florecientes ciudades del sur fueron cayendo, una a una, bajo el arma implacable del indio, o el fuego incendiario. Y así desaparecieron: Santa Cruz de Coya, Angol, Imperial, Valdivia y la heroica Villarrica, de la cual no salvó un solo defensor.

Es interesante recordar las fechas en que estos acontecimientos trascendentales se fueron sucediendo:

7 de marzo de 1599, despoblación de Santa Cruz de Coya.

24 de noviembre de 1599, incendio y destrucción de Valdivia. Murieron ahí más de 100 españoles y fueron tomados prisioneros por los indios más de 400 mujeres y niños, también españoles.

5 de abril de 1600, despoblación de Imperial.

18 de abril de 1600, despoblación de Angol.

7 de febrero de 1602, fin de la defensa heroica de Villarrica, que había durado más de tres años, y en la que todos murieron.

¿Cuál había sido, mientras tanto, la suerte de la lejana y aislada Osorno?

Durante los primeros tiempos del alzamiento general, el Corregidor, Capitán Jiménez Navarrete, pudo reprimir algunos conatos de sublevación de los indios vecinos a la ciudad.

Construyó, en seguida, dentro del mismo pueblo, un fuerte que sirviera para el refugio y defensa de sus habitantes.

El hambre fue haciendo presa de los infelices moradores de Osorno y de un fuerte que, en Valdivia, había fundado, el 13 de marzo de 1602, Francisco Hernández Ortiz por encargo del Gobernador don Alonso de Rivera y que, según éste, debía servir de base para la repoblación de la ciudad. Sin embargo, este fuerte debió ser abandonado después de indecibles sufrimientos de sus defensores, el 13 de febrero de 1604.

Durante este período trágico murieron en Osorno más de sesenta personas, de hambre, y en el fuerte de Valdivia más de noventa.

Don Crescente Errázuriz, basado en cartas del Gobernador Rivera, dice lo que sigue, con respecto a la pobreza de esta gente:

«Y de las sesenta mil cabezas de ganado, y de las veinte mil yeguas y caballos, y de las setecientas yuntas de bueyes con que se labraba la tierra y de las treinta mil fanegas de trigo y cebada que se podían encerrar, más del maíz y de las papas, estando en paz y quietud, y de los tres mil indios amigos y dos mil yanaconas de servicio, no quedaba sino el recuerdo».

El Padre Rosales, tan exacto en sus relatos, agrega:

«Con la gente fue creciendo el hambre y las necesidades: éranles imposible el sembrar por tener al enemigo siempre sobre sí, y el mismo peligro había en salir a buscar yerbas, porque en descuidándose se llevaban los indios las españolas y las indias de servicio. Moríanse los más de los días mujeres y niños, de hambre, y habiéndose muerto una india la cortó un soldado los pechos y se los comió crudos. Y habiendo enterrado a un soldado salieron a escondidas otros que perecían de hambre y le desterraron y le pusieron en parte donde llegasen los perros y los gallinazos a comérsele para cogerlos y sustentarse con ellos.

Los panecitos de las malvas eran gran regalo, y estándose muriendo un soldado y ayudándolo a bien morir un fraile de San Francisco en lugar de decir los actos de contrición que el Padre le enseñaba a hacer en aquella hora, decía:

-Padre mío, panecitos de malvas que el hambre es la que me mata.

Muchos niños se morían de sed, porque el agua estaba lejos y no había quien la trajese; que hasta el agua les faltaba. Dos mujeres principales que antes apenas comían alones de aves, mataron a escondidas un caballo y le tenían guardado en una casa grande entre sus vestidos ricos, y buscando quien le había muerto y donde estaba le hallaron en la casa. Y porque se echó bando que ninguno matase caballo, por lo mucho que los había menester, a un soldado que mató uno or no morirse de hambre le sacaron por pena los dientes, habiéndole perdonado la vida por muchos ruegos. Hallaron una vaca de el enemigo por gran cosa, y cuando la mataron para repartir entre todos, un alférez reformado se metió dentro de ella y se bebió la sangre cruda de pura hambre. Y habiendo un soldado comídose un perro, murió aullando como perro y por un almud de habas y otro de cebada, dio una mujer unos chapines que valían treinta pesos, y por media fanega de cebada dio otra un vestido bueno de terciopelo. Tanta como ésta era la necesidad que pasaba aquella gente con indecible valor sin esperanza de remedio, muriendo cada día varias personas de hambre, lo cual obligó a despoblar aquella ciudad».

El revés militar unido a la momentanea pérdida de Chiloé por los corsarios holandeses, hizo que Felipe III de España decidiera, en 1599, enviar un oficial veterano de las campañas europeas a dirigir la Guerra de Arauco: Alonso de Ribera. Este gobernador terminará por sentar las bases de la estrategia española en la frontera mapuche, sobre la base de la profesionalización de un ejército permanente y la consolidación de una frontera defendible.

La Corona, por otro lado, comprende que deberá incurrir en gastos para mantener sus posiciones chilenas, por lo que terminará por instituir el cuantioso subsidio denominado Real Situado, que comenzó a remitirse desde el Perú a Chile, en 1600.

Posterior a estos hechos se considera que se da fin al periodo de la Conquista de Chile, y es el inicio al periodo de la Colonia de Chile.

ERES EL HISTORIADOR N°

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